La muerte tiene permiso en este proceso electoral. Veinte candidatos asesinados, políticos, sobre todo, de nivel local, muertos, un millar que dejan sus candidaturas por temor. Asesinos de gobernadores que son asesinados en un penal de, supuestamente, máxima seguridad apenas 72 horas después de ser detenidos. Y comunicadores amenazados por el narco, por criminales, por políticos, por funcionarios, por insensatos que usan las redes sociales para descargar su ignorancia y rencor. Y comunicadores que se asumen, independientemente de las causas o personajes que defiendan, en mezquinos actores de todo lo que dicen detestar.

Lo terrible es que en demasiadas ocasiones esas amenazas se están convirtiendo en realidades. Se siguen sumando comunicadores asesinados. Es verdad que en muchas ocasiones esas muertes tienen nada o poco que ver con su labor informativa. Pero no es el caso de muchos otros, como Miroslava BreachJavier Valdez o Carlos Domínguez, asesinados en Chihuahua, en Sinaloa y en Tamaulipas, por su labor profesional.

Ayer, en uno de los estados más descompuestos del país, Tabasco, fue asesinado el periodista Juan Carlos Huerta Gutiérrez. Había fundado el noticiero de radio Panorama sin reservas, de Grupo Acir, uno de los de más influyentes en el estado y era el conductor de Noti 9, noticiero de televisión de Canal 9, filial local de Televisa. Además, tenía su propia emisora de radio, donde conducía su noticierio. Era un personaje central en el periodismo tabasqueño.

Es imposible deslindar este crimen de la situación que vive el estado, que sufre altísimos niveles de violencia, inmerso en una campaña electoral con personajes y grupos que parecen estar reviviendo las épocas más oscuras de la vida en esa entidad que vaya que sufrió de violencia e intransigencia en su historia. Allí como en muchos otros puntos del país convergen los cacicazgos, el crimen organizado, la corrupción, los rencores sembrados en unas campañas donde el adversario es el enemigo con el que hay que acabar, si es necesario recurriendo a la violencia.

Lo decíamos luego de los asesinatos de los candidatos Abel Montúfar y Remedios Aguirre en  Guerrero y Guanajuato, no es posible que los candidatos presidenciales y sus partidos no se unan para poner un alto a la violencia verbal, escrita, pero, sobre todo, física, que se está viviendo en esta campaña a la que le faltan aún más de 40 días. No hay siquiera solidaridad para con las víctimas, salvo cuando son parte de sus propios grupos políticos.

Si bien en los próximos días, antes del debate en Tijuana, se asegura que se firmará un pacto de civilidad, hace falta mucho más, de todos, para poner límites a un escenario de violencia que muy fácilmente puede desbordarse.

EL MEJOR DEL NUEVO, VIEJO PERIODISMO

El llamado nuevo periodismo estadunidense, simplemente, recuperó mucho de lo que el mejor periodismo europeo había hecho siempre: contar historias. Pero le agregó algo: un estilo, una forma de contar las cosas, de presentar a los personajes, de involucrarse en las historias, que le dio una identidad única.

Y el mejor siempre fue Tom Wolfe. Controvertido, con un estilo y una forma de escribir inigualable, Wolfe transitó entre el periodismo, la crónica y la novela de una forma en que ninguno de los otros grandes de su generación, desde Gay Talese hasta su mutuamente odiado Norman Mailer, jamás pudieron igualar.

Después de escribir trabajos notables, que fueron desde la formación de los astronautas que llegarían a la Luna hasta las experiencias de las tribus urbanas con el ácido lisérgico, era reconocido como el liberal, el progresista, el que había llegado hasta las nuevas fronteras del periodismo. Pero entonces publicó una demoledora crónica sobre una gala convocada nada menos que por Leonard Bernstein, que se realizó en una mansión de Nueva York para recaudar fondos para el movimiento de los Panteras Negras. Y allí fue la élite de la cultura, el dinero y el poder, a codearse con los líderes de los Panteras y a juntar dinero para un movimiento que los quería destruir, mientras que luchadores antiestablishmentgozaban de los placeres de sus supuestos opresores. Nunca se lo perdonaron ni unos ni otros.

Detestaba la corrección política, a la que calificaba como un “marxismo desinfectado. Mire a esos intelectuales, decía, los, supuestamente, más cultos, sometidos a la corrección política, a ese marxismo rococó, porque piensan que no queda bien oponerse a él”.

En ningún otro trabajo lo mostró en forma tan notable como en La Hoguera de las vanidades, una novela excepcional que simplemente anticipó lo que vivimos unas décadas después: la llegada de ese cinismo al poder en la figura de Donald Trump.

Siempre, hasta su muerte a los 87 años el lunes en la noche, se consideró un periodista. Pensaba que la nuestra era una mala época para el periodismo. Vivimos, dijo en una de sus últimas entrevistas, “un muy mal momento. El periodismo está pasándolo francamente mal. Hemos vuelto a la comunicación tribal. La gente se fía más de los chismes, de lo que se dice, que de lo que se escribe. Creen que los periódicos mienten, pero se fían de los blogs”. Se fue el mejor de los nuestros.

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