La ineptitud de un gobernante se nota cuando habla. El problema es más grave cuando lo que dice está mal e insiste en que es la verdad absoluta, incluso cuando sus cercanos le dicen que se equivocó, pretende ser infalible.

Andrés Manuel López Obrador ha demostrados que no sabe gobernar, que es muy buena oposición, pero cuando se trata de hacer una autocrítica se desarma. Su gobierno no ha bajado los números de desigualdad y la violencia sigue igual que siempre.

Y sí, está bien pensar que se puede acabar con la corrupción, pero el tema se vuelve controvertido cuando nos damos cuenta que muchos de los políticos que ayer eran parte de la mafia del poder, hoy trabajan con él y peor aún, a otros los ha perdonado.

Andrés tiene buenas intenciones, pero eso no es suficiente para gobernar un país, se necesita estar preparado. AMLO no sabe reaccionar ante las preguntas incómodas y cuando alguien lo hace salir de su zona de confort, se desnuda y se muestra de cuerpo completo.

Manuel es intolerante a la crítica, él nunca se equivoca, sabe de todos los temas y siempre tiene otros datos. ¿Hasta cuándo el presidente podrá usar esas frases para evitar hablar de los temas importantes?

López le falló a los que votaron por él, a los que creyeron que apoyaría la cultura, a los que pensaron que los científicos estarían mejor, a los que pensaban que no perderían su trabajo, a los que pensaron que disminuiría la violencia, a las madres solteras, a los adultos mayores, a los migrantes, a las víctimas de feminicidio, a los mexicanos.

Obrador es un Presidente que ama la plaza pública, que le gusta que le digan sí a todo, que lo traten como un Dios, pero que no se comporta como si lo fuera. Genio y figura es lo mismo de siempre, lo que siempre temimos.

Algunos pensamos que el AMLO de 2012 podría generar un cambio en el país, se rodeó de las personas más capacitadas para los cargos públicos estratégicos, pero seis años después nos dimos cuenta que a López no le importaba que México estuviera mejor, a López le importaba ser Presidente a cualquier precio.

A AMLO le costó mucho llegar a la silla más importante del país, pero a los mexicanos les costó más haberlo apoyado, y es que aunque suene a broma, hasta un taco está mejor preparado que el Presidente.