A lo largo de la historia, las mujeres han sido etiquetadas como el “sexo débil”, generalmente ellas han sido relegadas a la sumisión, al cuidado del hogar y los hijos. Mientras que los hombres en muchos casos han fungido en el ámbito público como proveedores, seres racionales y fuertes.

Si bien, hoy en día es evidente que ha habido cambios en la situación de las mujeres en el ámbito público, también es claro que en la esfera privada al interior del hogar y en las relaciones de pareja aún se viven ambivalencias.

En parejas con doble ingreso, en las que las ambas personas laboran llega a suceder que las responsabilidades del hogar no se comparten de una manera equitativa; dado que en México como en muchos otros lugares, siguen siendo las mujeres las que continúan haciendo la mayor parte del trabajo doméstico.

Comúnmente, hay mujeres que trabajan doble jornada y sólo reciben el pago de una de éstas, pues ellas después del trabajo llegan a su casa y realizan las labores domésticas, tales como cocinar, limpiar los pisos o los baños, lavar la ropa, pagar las cuentas, el cuidado de los hijos/as, entre muchas otras. Caso que puede ser el tuyo, el de tu madre, tu hermana, tu vecina, tu compañera de trabajo o de tu amiga.

Bueno, la cuestión radica en que se piensa que el trabajo doméstico no es un trabajo, sino como señala Artous (1996): se tiene la idea que se “presta un servicio […] [y socialmente ese] trabajo no es un trabajo, sino un servicio privado”.

Entonces, el acceso de las mujeres al trabajo asalariado, al control de la fecundidad y a la igualdad jurídica con los hombres, hoy en día no ha eliminado las desigualdades entre los sexos ni todas las formas de subordinación de las mujeres.

Puesto, como dice Pierre Bourdieu (2000) en La dominación masculina, las mujeres viven su cuerpo al límite, es decir, un “cuerpo-para-otro”, incesantemente supeditadas a servir a otros.

En este sentido, Marcela Lagarde (2008) afirma que “la opresión de las mujeres encuentra en el amor uno de sus cimientos, en la entrega, la servidumbre, el sacrificio y la obediencia, así como la amorosa sumisión a otros…”.

Construyéndose y perpetuándose así subjetividades dicotómicas y jerarquizadas, en las que las mujeres son miradas como seres incompletos y dependientes, con necesidades naturales de amar para completarse, mientras que los hombres son percibidos como autosuficientes, completos e independientes.

De manera que, las mujeres tradicionalmente son construidas como un “ser para otros”, lo que hace en muchas ocasiones que su pareja y/o los hijos/as sean la prioridad principal en su vida, su razón de ser.

Ante todo, no hay que perder de vista que en la actualidad muchas mujeres ya no se definen sólo como madres o esposas, algunas anhelan relacionas más equitativas, en las que tienen papeles activos en lo profesional, lo laboral y/o lo económico. Sin embargo, también es una realidad que todavía otras tantas mujeres continúan dedicando una gran parte de su tiempo a la familia y a la realización de quehaceres domésticos, responsabilidades en las que los hombres tiene escasa o nula participación.