Casi todos los días el presidente mexicano hace referencia a uno de sus temas favoritos y puntal de los esfuerzos de su gobierno; la corrupción.

Incluso, según AMLO, en sólo siete meses de su gestión, la corrupción en México ya no existe porque ya cambiaron la cultura y la moral social.

Está claro, sin embargo, que sólo se trata de buenos deseos y mentiras del presidente mexicano ya que la corrupción –en sus distintas modalidades–, se produce y estimula “en las barbas” del propio presidente.

Más aún, son muchos los indicios de que en los primeros meses de su gobierno, López Obrador está pagando favores a quienes por años financiaron su proselitismo electoral. Por eso hoy, el 80 por ciento del gasto del gobierno federal se lleva a cabo sin licitación y los contratos se otorgan por asignación directa.

Pero las muestras más claras de esa galopante corrupción en el gobierno de la dizque “honestidad valiente” están a los ojos de todos y aparece “en las barbas” y en la casa del propio presidente.

El primer caso lo exhibió el ex titular de Hacienda, Carlos Urzúa, en la breve carta de renuncia que, sin embargo, se convirtió en la mayor denuncia de la crisis de gestión que vive el gobierno de AMLO y en la revelación de los escandalosas casos de corrupción, en su modalidad de cuotas y cuates.

Resulta que, como todos saben, el ahora ex titular de Hacienda “tiró la toalla” no sólo por diferencias de política económica sino por la corrupción que significa “tomar decisiones de políticas públicas sin el suficiente sustento”.

¿Y qué significa lo anterior? 

Que las políticas públicas a las que hace referencia Carlos Urzúa son las ocurrencias y los caprichos de AMLO y que, en rigor, son una modalidad de corrupción que, por años, cuestionó el propio Obrador.

Pero no fue todo, Urzúa también denunció “la inaceptable imposición” de funcionarios ignorantes de la Hacienda Pública. Es decir, el gobierno de AMLO es la fiesta de “los cuates y las cuotas”.

¿Qué no es otra modalidad de corrupción “el cuatismo”? ¿Qué no era ese “cuatismo” una queja recurrente de Obrador? ¿Qué no era una promesa de los gobiernos de Morena que no se repetiría el amiguismo y las cuotas de poder para los amigos?

Tampoco es todo. El propio Urzúa explica que “las cuotas” y “los cuates” son prohijados “por personajes influyentes” del gobierno federal. Es decir, los amigos del presidente.

En este caso asistimos a otro forma de corrupción; “el cuatismo”, en el cual han incurrido desde el presidente mismo, pasando por el hijo menor del mandatario –que promovió a su maestra para un alto cargo–, hasta los hijos mayores del jefe del ejecutivo.

El segundo caso de corruptelas de escándalo se desprende, justamente, de un feo caso de influyentismo.

Y es que, como algunos saben, el gobernador electo de Baja California, el ciudadano norteamericano Jaime Bonilla, no ganó la candidatura de Morena al gobierno de Baja California por sus méritos políticos sino que, literalmente, compró la candidatura.

Bonilla financió con dinero presuntamente ilegal las actividades de Morena en Baja California, con la promesa de que, en su momento, Morena lo haría candidato al gobierno estatal.

Su aspiración fue impugnada por los partidos opositores ya que Bonilla es ciudadano norteamericano. Sin embargo, los opositores documentaron que sobornó a distintas instancias electorales para ganar la impugnación.

El historial corruptor de Jaime Bonilla llegó al insólito cuando, antes de concluir la legislatura actual –que termina con el gobierno del panista Kiko Vega–, sobornó a casi todos los diputados del congreso de Baja California –a los que les habría pagado un millón de dólares por cabeza–, para modificar la Constitución estatal y, con ello, ampliar el tiempo legal del gobierno, de dos años a cinco años.

Esa barbarie política de la que es capaz Jaime Bonilla retrata no sólo al corrupto gobernador electo de Baja California sino, sobre todo, el nivel patológico de corrupción que existe en el partido Morena.

Pero en Morena la corrupción es el pan de cada día y nadie se escandaliza y menos se asusta. ¿Por qué?

Porque en Morena el rey de la corrupción se llama Andrés Manuel y es el presidente de los mexicanos.

Al tiempo.