Tarde que temprano algún gobierno tenía que enfrentar el muy grave problema del huachicoleo. No sólo por ser una actividad fuera de la ley, la cual tanto agravia a la empresa mayor del Estado y al país mismo.

También lo tenía que hacer por el delicado entorno social que rodea al ilícito. En medio de todo lo que se ha presentado estos días, no se ha reparado en su justa dimensión en la relación entre huachicoleros y habitantes de las comunidades.

El huachicoleo es una forma de vida y sustento de muchas familias, las cuales han vivido en medio de la adversidad y han encontrado en esta actividad salidas, por más cuestionables que puedan ser. Los habitantes se han visto obligados a participar. Viven entre las presiones de los delincuentes, que en muchos casos son sus propios vecinos, y la necesidad de mantener a sus familias.

No tienen capacidad de maniobra alguna. Si le entran, saben que están violando la ley y que en algún momento podrían ser perseguidos y detenidos, como se presume ha empezado a pasar. Si no lo hacen, se les puede venir el mundo encima, con todo tipo de riesgos.

Muchos habitantes de las comunidades en que se desarrolla el huachicoleo están en el peor de los mundos. Si bien resuelven sus problemas económicos, se la pasan en medio de una frontera de alto riesgo.

Cuando llegue el momento en que el huachicoleo sea medianamente controlado, pues no somos de la idea de que se vaya a solucionar del todo el complejo problema, lo primero que se va a tener que hacer, además de llevar ante la justicia a los delincuentes, es plantear una estrategia de qué hacer en las comunidades en las que el huachicoleo les ha dado de comer y vivir a lo largo de años.

El problema social pudiera ser del mismo tamaño que el huachicoleo mismo. Muchos han vivido desarrollando una actividad que pudieran considerar ya como “normal”, particularmente los jóvenes y, quizá, hasta los niños.

La detención de militares o policías destacadas para enfrentar el problema, por parte de integrantes de algunas comunidades, es justicia por propia mano, en donde las leyes son impuestas por ellos. Un capítulo más de estas prácticas se presentó ayer en Tula, Hidalgo: en la comunidad de Santa Ana Ahuehuepan, cerca de 200 personas secuestraron a tres militares después de un enfrentamiento.

Es la prueba de la manipulación de los poderosos líderes, pero también es la defensa de lo que muchos consideran, y asumen, como su forma de vida.

Se va enquistando una manera de vivir y ser, que lleva a una confusión de valores profundamente delicada. Es estar y vivir en el marco de la ley o estar fuera de él, con todas las consecuencias éticas y cívicas en la formación de jóvenes y niños derivadas del complejo tema.

Más allá de que consideremos como buena o mala la estrategia del gobierno contra el huachicoleo, es la primera vez que se hace algo de esta dimensión para enfrentar el delito. Es la primera vez que se va a las raíces del problema.

Es la primera vez, también, en que se coloca en el centro a Pemex, ubicándolo como eje del problema. La única manera en que los huachicoleros puedan desarrollar su singular actividad es con base en información confidencial y de primera mano de la empresa, particularmente en áreas que, se presume, son fáciles de detectar.

En el corto y mediano plazos el gobierno no puede seguir en lo que López Obrador llama el “juego de vencidas”. El costo de lo que estamos viviendo se va a elevar riesgosamente y si bien existe una mayoría que lo apoya, las afectaciones pueden revertir escenarios.

La gran incógnita sigue estando en ver qué va a pasar cuando se vuelvan a abrir los ductos; va a ser algo más que un “juego de vencidas”.

RESQUICIOS.

No está claro si a Julián Castro le alcance para ser candidato a la presidencia de EUA. Lo cierto es que su perfil suma virtudes que muchos electores andan buscando, ante el desatado presidente Trump. Castro es el presente y futuro de EUA.