México. El 29 de mayo Aideé fue a parar al hospital, no salió de noche, no fue a una fiesta, no salió con un hombre y no vestía una mini falda.

Aideé Mendoza tenía apenas 18 años de edad cuando fue asesinada, estaba tomando clases en el aula del segundo piso del edificio P, del plantel del CCH Oriente. Vivía con sus padres y hermanos en la alcaldía Iztapalapa y soñaba con estudiar Ciencias Forenses, claro que lo iba a conseguir, era una alumna estrella.

No tenía problemas con nadie, no se metía en ningún problema. Su familia la describió como una joven tranquila, alegre y soñadora. Sus amigas también.

Era originaria de un municipio llamado Huatlatlauca, su comunidad era indígena y sólo contaba con 300 habitantes, ella era una de las afortunadas del pueblo, había logrado salir del lugar, llegar a la ciudad y estudiar en una de las mejores universidades.

Pero su sueño se truncó. Se lo truncaron. Hasta el día de hoy no sabemos cómo pasaron las cosas. Días después de que Adieé murió cambiaron la versión de los hechos. Ya no era la estudiante asesinada, era la estudiante muerta.

Ya no había un culpable, había sido un accidente. Ya no era un feminicidio, era un asesinato. Ya no hablaban sobre la muerte de una estudiante, sino de una casualidad. Y no. No podemos decir que fue un asesinato, fue un feminicidio, porque mataron a una estudiante,  una jovencita, le dispararon con un arma de fuego y la mataron.

El feminicidio de Aideé es un feminicidio porque de acuerdo con ‘nuestras leyes’ se clasifica como feminicidio cuando el cuerpo de la víctima sea expuesto o exhibido en un lugar público, y Aideé fue expuesta o exhibida en un lugar público, el CCH Oriente, su escuela, su futuro, el lugar que amaba.

@Viryolarte