Por Emma V Cervantes

Antonia corre por la calle. Va media hora tarde, se quedó de ver con su hermana en la cafetería de don Jaime.

Antonia va en la prepa, tuvo examen en su última hora de clase, así que salió tarde de la escuela. Ella corrió para alcanzar el último camión, pero no lo logró, ahora se va caminando a casa.

Hace frío y el suéter delgado de la muchacha y su falda no llegan a cubrirla del viento que se cuela entre sus piernas. A pesar de que Antonia lleva más de media hora caminando la velocidad de su andar no disminuye. La joven pasa de calles bien iluminadas y anchas a caminos mal pavimentados, llenos de baches y oscuros. Antonia por fin llega a la colonia en la que vive con sus padres y hermanas. Ella se encuentra a unos cien metros de un callejón —famoso por su mala fama en la colonia— y acelera su marcha para pasar rápido.

Antonia logra cruzar la calle y ya está a unas pocas cuadras de su casa, al doblar en la esquina alguien la jala del cabello. Es un hombre, quien la sujeta y le dice que se calle, la joven siente una navaja en su cuello, el maldito la lleva al callejón, la golpea y la viola. Está oscuro y ella no puede distinguir la cara del monstruo que la ataca. Antonia se da cuenta de que la bestia tiene 4 dedos en su mano derecha, sí, lo siente en ese horrible residuo de dedo anular.

Eso fue hace 6 años.

Ahora Antonia corre por la calle. Va media hora tarde, se quedó de ver con su hermana en la cafetería de don Jaime. La joven llega a la cafetería y desde la ventana ve a Laura, su hermana mayor, sentada en una mesa.

Antonia se acerca a Laura y se detiene frente a ella. Ambas sonríen, se saludan y se abrazan. Hay un hombre sentado en la mesa, frente a Laura, ella dice:

—Qué bueno que estás aquí Antonia, te presento a Rogelio.

El hombre se pone de pie, sonríe y le da la mano a Antonia. La joven le corresponde el saludo, pero al darle la mano siente que Rogelio sólo tiene 4 dedos.

Antonia deja de sonreír, palidece, ve que Laura se acerca a ella y le dice algo, intenta poner atención, pero no puede dejar de mirar los 4 dedos de Rogelio y recordar aquel callejón en esa noche oscura de hace 6 años.

4 dedos. Antonia hiperventila, se apoya en la mesa que tiene frente a ella, ya no puede más. Se incorpora y sale corriendo de la cafetería.

—Disculpa a mi hermana, no sé qué le pasa.

—Lo sé, 4 dedos pueden ser impactantes.