Por Karen Alvarez

Ciudad de México. “Había momentos en que no pensaba en mi hija, sólo pensaba en drogarme y ya. Al principio era mariguana, solvente, cigarros y alcohol, pero últimamente fue la piedra. Después me entró el remordimiento”, asegura una joven de 24 años de edad, que prefiere mantenerse en el anonimato y prefiere que le digan “Grillo”.

Ella salió de su casa a los 15 años, empezó a vivir en diferentes casas hogar. Un año después, por algunos momentos vivió en la calle, sin embargo, fue hasta los 18 que lo hizo por completo en la calle.

“Al principio se me hizo complicado, porque tienes que conseguir para comer y un lugar para dormir. En ese tiempo me quedaba en un puente que está en Tasqueña, nos quedábamos abajo. Había muchas personas en el lugar, éramos como seis mujeres y eran más hombres”.

Grillo asegura que para solventar sus gastos, “charoleban”, es decir, pedían dinero en la calle, otras veces se iban a cantar al Metro, a “payasear” o vendían dulces. “A veces la misma gente nos regalaba comida, nos regalaba ropa o cobijas. Nunca robé, eso sí me da miedo”, afirma Grillo.

“Grillo”. Foto: Letra Roja

De acuerdo con el Censo de Poblaciones Callejeras 2017, elaborado por la Secretaría de Desarrollo Social (Sedeso) capitalina, durante el año pasado en la Ciudad de México vivían seis mil 754 personas, de las cuales el 12.73 por ciento eran mujeres.

Las principales causas por las que llegan a vivir en la calle son problemas familiares, problemas económicos y por las adicciones.

Ella asegura que sus papás murieron hace muchos años, se quedó al cuidado de su hermano mayor, aunque tuvo problemas con él, lo que la llevó a salirse de su hogar. “Éramos ocho hermanos, dos de ellos ya murieron, yo era la más chica. No llevábamos una buena relación y tiene mucho tiempo que no sé nada de ellos. Las personas con las que estoy son mi familia y nos llamamos hermanos, son mis hermanos de calle.”

Actualmente vive con su “hermano”, un joven que conoció en la calle. Ahí vive también la esposa y la hija de él. Aunque hay veces que se siente incómoda, por lo que se va otra vez a la calle, aunque piensa que esa inconformidad, es una excusa para volver a drogarse.

Cuando estaba en la calle, a los 18 años, quedó embarazada. “La metí (a su hija) a una casa hogar cuando tenía como tres años, en ese tiempo me estaba quedando en la calle y ella ya iba a entrar a la escuela. Por esos días mi problema de la adicción sí estaba más fuerte. La metí a una casa hogar y hubo un tiempo que no fui a verla”.

Actualmente, la niña tiene seis años y se encuentra en el DIF. Para que Grillo pueda ver a su hija, debe dejar de drogarse, tener un trabajo y tener una vida sana. “Antes podía llevarme a mi hija los fines de semana, en ese tiempo trabajaba en Cinépolis y vivía sola. Tenía dinero y trataba de darle lo que en su momento no pude darle. Cuando llegábamos a la casa, a veces veíamos películas, le gustan mucho las de Frozen”, relata.

Sin embargo, volvió a caer en las drogas y ahora no puede ver a su hija. Espera que dentro de muy poco lo pueda hacer, por ello se encuentra buscando un trabajo. “Ahorita no tengo el deseo de drogarme, me siento bien así, con el deseo de volver a seguir el proceso de trabajar, de ver a mi hija y retomar mi vida de antes”, finalizó Grillo.

Grillo, al igual que muchas personas, llegaron a la Organización Social El Caracol, que buscan luchar por la dignidad de las personas que están en el espacio público, así lo aseguró Luis Enrique Hernández, director de la organización.

“Nosotros aquí lo manejamos por colores. Si es un caso grave de vida, son nuestros colores rojos, entonces eso necesita un protocolo de atención y de inmediato, de urgencia, lo cual significa que tenemos que cuidar la vida de esa persona. Las que vienen en color amarillo, que son las que vienen con uso de solventes o que vienen con situaciones emocionales no graves y que nos puede permitir trabajar para que dejen de vivir en la calle. O vienen otras que llegan en un estado físico y emocional mucho más estable, que son las que vienen en verde, y podemos decir, que en un periodo corto pueden dejar de vivir en la calle o resolver sus problemas que les están impidiendo avanzar o dejar la vida en el espacio público”, afirma Luis Enrique.

“El tema de la vida en las calle es un tema complejo, porque una persona que vive en la banqueta o que duerme en una casita improvisada, de cartón o con suerte algunos en casas de campaña, está expuesta a los fenómenos naturales, que llueva, que haga mucho sol, que haga mucho frío, está expuesta a esa parte. También está expuesta a la violencia cotidiana de la ciudad, si tiene algún conflicto con alguien, por lo regular en la calle no tiene quién la defienda”, continúa el director de El Caracol.

Afirma que la situación se agrava cuando es una mujer y asegura que una mujer que está en la calle, puede vivir discriminación múltiple: por ser mujeres, por vivir en la calle, por ser menores de edad, por consumir sustancias, por discapacidad o por ser madres.

“Mientras no vea esta persona que su dignidad es respetada, va a ser muy difícil que dejen de vivir en la calle, porque la calle es el último lugar que quedó cuando todas las instituciones, incluida su familia, falló. Falló su familia, falló la comunidad, fallaron las instituciones del estado, fallaron las políticas públicas y llegaron a la calle. Lo que tenemos que hacer es un proceso a la inversa, que vuelvan a tener confianza en las instituciones, en la comunidad, en la familia, incluso en ellas como personas. El Caracol tiene eso en su corazón”, finalizó Luis.

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