El peor López Obrador de los últimos tiempos se presentó anoche en el Gran Museo del Mundo Maya para el último debate de esta elección presidencial, donde fue tocado donde nunca lo habían logrado pescar: en corrupción.

No lo noquearon, es cierto, y difícilmente lo van a bajar de las encuestas, pero si el tema crece le va a costar.

José Antonio Meade le dio en el botón al señalarle que la compañía que tanto ha señalado como corrupta y que tiene “cochupos” con el gobierno, en realidad tiene en México a una familia que es su socia: la de Javier Jiménez Espriú, que está propuesto por AMLO para ser secretario de Comunicaciones y Transportes.

López Obrador se la tragó completa en una sonrisa descompuesta. No atinó a nada.

Ricardo Anaya lo prendió al mostrarle que su asesor José María Rioboó concursó para las obras del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, y al no ganar se coludió con AMLO para vetar la obra completa.

Ese mismo José María Rioboó recibió 170 millones de pesos en contratos del gobierno de López Obrador, sin licitación de por medio.

AMLO balbuceó unos vacilantes “no es cierto, no es cierto”, pero se quedó helado.

Puros compinches para el nuevo capitalismo que propone AMLO.

Puro traficante de influencias a su lado, y precisamente del lado donde hay dinero en la administración pública.

La familia de su secretario de Comunicaciones y Transportes, socia de Odebrecht.

El asesor consentido para la construcción de obra pública, un derrotado en los concursos por el nuevo aeropuerto, enriquecido por AMLO con 170 millones de pesos sin licitar durante su gobierno.

Rioboó no le aconsejó clausurar el nuevo aeropuerto y hacer uno en santa Lucía porque le convenga al país, sino como una alternativa de negocios.

Esa es la “honestidad” que nos espera si llega a ganar.

Con la protección de Los Pinos, nuevos y viejos abusadores del erario harán su agosto.

Ni un peso va a ahorrarse del combate a la corrupción, si a su lado tiene a verdaderos tiburones expertos en depredar el presupuesto público.

Antes del debate de anoche, AMLO era un caballo blanco, lento, mañoso, soso, somnoliento, que patea todo lo que encuentra, pero blanco.

Eso se acabó. Ya tiene dos manchas, y esas en un caballo blanco se notan más.

Salió tocado del Museo del Mundo Maya, y donde era más fuerte.

Ya no volverá a ser el mismo, y su discurso de que todos sus proyectos se iban a financiar con ahorro en corrupción, ha quedado vacío.

Si gana, como le dijo Meade, vamos a ver de nueva cuenta una película que en México ya hemos visto muchas veces: “La Gran Depresión 2018-2024”.

Lo tocaron, pero difícilmente lo van a bajar del podio por una razón muy sencilla: los partidos que deberían estar unidos para impedir esa gran depresión y evitar la pérdida gradual de libertades que sin duda vendrá, están divididos, enfrentados, enconados.

Esa división del campo modernizador y democrático le va a costar muy caro a México.

Le puede dar el triunfo a un candidato que no tiene ninguna idea sustentable ante un cuestionamiento básico: de dónde va a sacar el dinero.

Vimos al peor López Obrador de muchos años. Al peor de toda su carrera política.

Sin reflejos para contestar y ninguna idea más allá de la corrupción y la corrupción y la corrupción y la mafia del poder.

Tiene una sola idea para lo que sea, para la salud pública, las refinerías, la desigualdad y los apoyos a los necesitados: la corrupción.

Si se consuma lo que anuncian las encuestas va a ocurrir lo que dice Meade: entraremos en una gran depresión que durará seis años en cavar el hoyo, y tardaremos décadas en salir de él, cuando dejen el poder.

A López Obrador lo rayaron con corrupción, su fuerte, pero no lo noquearon.

Con las fuerzas democráticas divididas, no hay manera.

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